¡Nada que celebrar!
una vez más, oh laureles,
oh boj, oh aulaga, oh mirto,
verdiginosa hiedra, una vez más;
la corvadura del cuervo,
dit le soixante-neuf:
el sesenta y nueve:
no es un número del todo redondo
aunque sí son unas cifras
que parecen tener cierta gracia
—y resultar incluso excitantes—
cuando aparecen juntas,
para mí —lo he dicho antes—
no tiene mucho sentido que uno
(o una) trabaje mientras el otro
(ò otra) está trabajando
delicada, absorta, entregadamente;
pero de colores y sabores
todo ya ha sido reescrito en la sal;
y una vez más, oh hiedras,
a la tierra silenciosa miento: fluyo,
al río en las peñas juro: soy;
¿el tiempo pasa?
pasamos nosotros
pero el tiempo permanece,
inmutable, inconmovible, feroz:
es una herida de daga terrible;
titilantes luces lejanas,
tendidas sombras del atardecer:
cantan los jilgueros en el cardizal
—no paran de parlotear—
sobre la irreparable pérdida
de la lascivia y voluptuosidad;
no hay verano sin frialdades
ni invierno sin ardores
en esta desolada tierra —fluyo
contra el río sin final,
soy, mientras no me olvide de existir—,
la dulcísima primavera
ha dejado de importar;
espíritu y sangre fluyen
hacia el marjal,
el tiempo nos sumerge en los pantanos
de la efímera eternidad,
negación vana y evasiva excusa
de la piedra que ahoga
y el hierro que quema y hiere;
así pues que el agua siga su curso,
permanezca silenciosa la tierra
mientras el árbol doblega sus ramas
bajo la inexorable nieve,
presto a la definitiva caída;
muchachas de suspicaces sonrisas,
chicos petulantes y ansiosos,
¡comed!
que pronto comeréis la propia vida
hasta la plena indigestión,
hartaos de comer;
y una vez más, oh aulagas,
oh laurel, mirto, oh siempre verde hiedra,
herida de daga terrible es;
por sobre los farallones,
lejos de las playas desocupadas
vuelan los cormoranes sigilosos
como mueren los días;
soixante-neuf:
la trabazón de los cuervos:
sesenta y nueve años, pues, ya, hoy:
nada que celebrar.
egm.2026