25 de julio de 2026

Leda y el pato Lucas en Jauja



Grab sex things, swing up over the horizon
like a boy on a fishing expedition.

J. Ashbery

El alma, oh gansos, vuela más allá de las plazas
de asfalto y cemento, acaso en busca del tiempo
embotellado bajo los semáforos, alguna vez
pensamos del mismo modo, entonces, el alma,
oh ánades, finge creer que puede ver, o entrever

—allá, cuando joven, encrestado pollo inmaturo—
lo que los demás, ay, no verán ni vislumbrarán,
aunque no hubieran ya rechazado conocerlo,
ni imaginar, no como un don ni maldición, era
—quizá— el trozo de tarta que le tocaba morder,

fusquividencia, quiso llamarlo, y todo parecía ser
más real, mortus est qui non espernexa, decían
los agricultos en la taberna, y pelillos al amar,
intercalaba dibujos animados sobre una mesa
retroiluminada, fluorescentes y plástico blanco,

días rotos, horas huecas, el rayo extemporal
va del pasado al futuro, dando un raro rodeo
por detrás del presente, hacia el jamás, pronto
los amos del ruido prohibirán hablar del silencio,
ai cervas, cervos do monte, vin-vos preguntar,

¿sobrevuelan aún los gansos el sacro Himalaya?
los hielos retroceden y avanzan los desiertos
ante la ceguera indiferente de los grandes sordos,
cuando la tromba llegue no podrán escucharla
bajo el rudo ruido estremecedor de sus falacias,

mientras finge el alma, oh ánsares, que el tiempo
no ha pasado, lo que está sucediendo —en ese
tiempo— es que el tiempo ciertamente no pasa,
o simula el alma que finge que no va pasando
el tiempo que, mientras, no cesa de devorarnos,

ah, vale, es mejor no explicar nada sino intuir
cómo huye el presente hacia el pasado, cómo
fluye el futuro a nuestro lado y se pierde entre
las acuosas neblinas del recuerdo intercalado,
y el alma, oh ánades, simula saber, o entender

—allí, también ahora, resabido raposo rancio—
lo que los otros, uy, no pueden saber ni suponer,
aunque no hubiesen rechazado ya conocerlo,
ni imaginárselo, no ningún don ni maldición, es
—quizá— el pedazo de hueso que le ha tocado roer,

clariceguera, suele llamarlo, y todo parece ser
como aún más confuso a la vez que irrelevante,
las razones del tiempo, oh anátidas, van más allá
del antes, del ahora, del siempre y del nunca más,
y entre fusquividencia y clariceguera, descrédito,

mas en el néctar y la ambrosía se deleitan los dioses
que desgobiernan los vanos humanos devenires
en sus altísimos palacios de aire y vaho, el humo
grasiento de las ofrendas apenas llega hasta ellos,
diluido en rezos, plegarias, falsedades y rudo ruido,

conque no cesa el tiempo de devorarnos, masticarnos
y engullirnos mientras, felices pajarillos, piamos
entre el follaje y la maleza de los urdidos días que
de mohosas bayas e insectos secos nos alimentan,
oh petirrojos, herrerillos, jilgueros, oh gorriones,

no por mal que si bien convenga, parpó el parro
en su lienta ribera, nadie —quizá— ha visto tanto
como el que jamás quiso ver, ni tampoco imaginar,
reparad solo, princesa, en que el tiempo romperá,
con un atroz crujido, por donde siempre rompe,

y en las verdes hierbas vi pacer las ciervas, ma car,
asgámonos a lo sexual, que es cuanto tenemos
y tendremos, e tendresa, et tendresse, ma cherie,
bamboleándonos como niños sobre la incertidumbre,
pues ya el tiempo, a su tiempo, se nos engullirá,

tal vez, entonces, pensábamos del mismo modo,
pero el alma, oh fraude, vuela y retoza audaz
más allá de donde nuestra vista y oído alcanzan,
muy lejos del hormigón y las pétreas soflamas
que construimos y nos construyen... y a todo esto

la hija de Testio, la de los lindos bucles, no llevaba
nada bien los brutales caprichos sexuales del cisne,
así que una buena mañana le dijo: ¡que te den néctar!
y se piró a entrampar patos a las riberas del Aqueloo,
y es que esto no es Hollywood, princesa, esto es Jauja.


egm.2026

15 de julio de 2026

69



¡Nada que celebrar!

una vez más, oh laureles,
oh boj, oh aulaga, oh mirto,
verdiginosa hiedra, una vez más;

la corvadura del cuervo,
dit le soixante-neuf:
el sesenta y nueve:

no es un número del todo redondo
aunque sí son unas cifras
que parecen tener cierta gracia
—y resultar incluso excitantes—
cuando aparecen juntas,

para mí —lo he dicho antes—
no tiene mucho sentido que uno
(o una) trabaje mientras el otro
(ò otra) está trabajando
delicada, absorta, entregadamente;

pero de colores y sabores
todo ya ha sido reescrito en la sal;

y una vez más, oh hiedras,
a la tierra silenciosa miento: fluyo,
al río en las peñas juro: soy;

¿el tiempo pasa?
pasamos nosotros
pero el tiempo permanece,
inmutable, inconmovible, feroz:

es una herida de daga terrible;

titilantes luces lejanas,
tendidas sombras del atardecer:
cantan los jilgueros en el cardizal
—no paran de parlotear—
sobre la irreparable pérdida
de la lascivia y voluptuosidad;

no hay verano sin frialdades
ni invierno sin ardores
en esta desolada tierra —fluyo
contra el río sin final,
soy, mientras no me olvide de existir—,
la dulcísima primavera
ha dejado de importar;

espíritu y sangre fluyen
hacia el marjal,
el tiempo nos sumerge en los pantanos
de la efímera eternidad,

negación vana y evasiva excusa
de la piedra que ahoga
y el hierro que quema y hiere;

así pues que el agua siga su curso,
permanezca silenciosa la tierra
mientras el árbol doblega sus ramas
bajo la inexorable nieve,
presto a la definitiva caída;

muchachas de suspicaces sonrisas,
chicos petulantes y ansiosos,
¡comed!
que pronto comeréis la propia vida
hasta la plena indigestión,
hartaos de comer;

y una vez más, oh aulagas,
oh laurel, mirto, oh siempre verde hiedra,
herida de daga terrible es;

por sobre los farallones,
lejos de las playas desocupadas
vuelan los cormoranes sigilosos
como mueren los días;

soixante-neuf:
la trabazón de los cuervos:
sesenta y nueve años, pues, ya, hoy:
nada que celebrar.


egm.2026