Se abrió la tierra a sus pies,
cayó el cielo a sus cabezas
y las que eran certezas
se tornaron del revés
en un cruel noventa y tres;
con aguante de faquir,
ya en el borde del barranco,
el despótico ogro blanco
les obligó a repetir:
«¡qué manía de sufrir!».
egm.2024