Si lo que quieres es flete,
y no te es menoscabo,
sé generoso de rabo
y estate abierto de ojete.
egm.2021
Si lo que quieres es flete,
y no te es menoscabo,
sé generoso de rabo
y estate abierto de ojete.
Del presente
sé que voy olvidando lo reciente,
del pasado
ni tan siquiera sé lo que he olvidado,
y el futuro
también lo olvidaré, eso es seguro.
Algunas meditaciones sarcásticas
llenas de agua salada y arena,
la elaboración brota quebradiza
en recuento de todo lo que hemos
derramado derruido derribado,
filósofos ciegamente mezquinos,
un fosco montoncito de gusanos,
sacras semillas regadas con néctar,
un luminograma de las ardoras,
este mar encendido nos abrasa,
una elección forzada y sin desvíos,
no como trayecto sino deseo,
algo tan límpido como las olas
rompiendo en tu mirada en la mañana,
rodando en tu memoria cada día,
la vaga imagen de un esquivo espectro
que en la bruma del alba se revela,
rumores, aprensiones y secretos,
tramas y urdimbres de la misma tela
que nos envuelve y ata, un mirlo cae
en el sereno borde de la noche,
la hiedra en espiral crece en la niebla,
una rana en un estanque fangoso,
confín de transeúntes trashumantes
con la nariz apuntando hacia el este,
suma sacerdotisa del sarcasmo,
pájaros muertos en el viento norte,
rumores, aprensiones y secretos
dejan el espejo para mirar
por la ventana, y luego la ventana
para salir medrosos por la puerta,
un niño perdido en los pasadizos
del castillo de la princesa autista,
el eco que susurra insensateces,
juegos de palabras, adivinanzas,
las hadas listas siempre ocultan pistas,
producto asilvestrado e irreflexivo
que ya anticipa el arte pospandémico,
picos, garras y agudeza visual,
la humanidad del momento no ignora
el lenguaje de las aves rapaces,
el código animal inextinguible,
mirando desde distintos farallones
es el que vemos el mismo horizonte,
las mismas aguas y los mismos fuegos,
este mar incendiado nos abrasa,
y permanece aún sobre las olas
un eco susurrando insensateces,
raras transmisiones intermitentes,
vela el cristal el rayo del futuro,
secas semillas regadas con semen,
una rana que yace silenciosa
en el fondo de una charca sombría,
una efigie creíble de mí mismo,
el viejo montoncito de gusanos
de mi cabeza también te lo doy,
plantación de plancton luminiscente,
medusas tal vez, o algas doradas,
las plagas suelen tener hambre, el torpe
poema evoluciona a trompicones,
licra y látex, burda bisutería
barata: marcos para los paisajes
usados de tu reino en decadencia,
pájaros yertos en el turbio viento,
errático deseo en puro plancton,
este mar encendido nos abrasa,
filósofos despeñados, buscábamos
la luz de la piedra filosofal
en las grutas más oscuras del tiempo,
rumores, aprensiones y secretos,
contactos visuales inesperados,
algo tan diáfano como las olas,
yo sé bien que tendría que ser alguien,
crear un personaje verosímil
que pudieras tú aceptar y creer,
e incluso que pudiera yo aceptar
como efigie creíble de mí mismo
sobre la imagen de este esquivo espectro,
algo tan diáfano como las olas
rayendo tu memoria en el crepúsculo,
rompiendo en tu mirada cada día,
todo esto te traigo y te lo entrego,
suma sacerdotisa del marasmo:
un planigrama de las ardentías
que en la superficie se nos revelan,
este mar encendido nos abrasa,
el rayo irrefractable del futuro,
pájaros libres en el viento norte,
la niebla en espiral sobre la hiedra,
el código de las aves rapaces,
truncas transmisiones inteligibles,
contactos visuales insospechados,
dulces semillas colmadas de savia,
despeñados filósofos buscando
la luz de la piedra filosofal
en las simas más profundas del tiempo,
como el mar incendiado nos abrasa,
el eco sosteniendo insensateces
—este final no es ningún principio—
y un poco de sarcástico silencio.
En el tiempo de las almendras,
chinches y arañas;
en el tiempo de las castañas,
escolopendras.
Pero una sola palabra tuya bastará para sanarle.
Mateo, 8:8
En las alturas nieva, aquí los cormoranes
bucean en la bruma fluctuante de la ría,
la brisa —a veces viento— trae frío e incertezas;
el invierno no espera a que llegue el solsticio
—siempre bien disfrazado— en la fecha acordada;
ya milagro o rutina, la vida prevalece;
mi deporte dilecto es fumar ante el vértigo
el mar y sus meandros —no lejos la cerveza—
mientras repaso nuestras idas —huidas—, venidas
y retorcidas rutas al nadir de la nada
que nos alza y ahoga; ibas, venías, pero
cuando por fin tus ojos —malicia, lirio y cuarzo—
consiguieron llegar hasta mis perros ojos,
esa mirada tuya bastó para infectarme.
En el tiempo de las cerezas,
roces y punzadas;
en el tiempo de las granadas,
callos y durezas.
´T was in the darkest depths of Mordor:
I met a girl so fair,
But Gollum and the evil one
Crept up and slipped away with her.
J. Page / R. Plant
1
Sméagol es ese viejo borracho
junto al camino, escrutando su informe
careto en un charco fangoso.
2
Pregúntate, sí, qué trozo de ti
es libre, o si realmente alguno
lo ha sido alguna vez; pregúntate.
3
Vacío fue el aullido que lanzamos
tras el éxtasis en la playa atónita,
y el amanecer nos volcó al día.
4
Busca a alguien que diga amar el arte
pero ocúltale tu afición
por eso del surrealismo pop.
5
Errando, vagando, el bosque
y los pájaros te sugieren que
jamás sabrás lo mucho que no sabes.
6
La que en el alba se alza a tu encuentro
y al ocaso zanquea tras de ti:
la Sombra es en sí misma un acertijo.
7
Ahora el cielo está azul hacia el norte
y quizá —no es que me importe—
podamos aún armar otro pulvis.
8
Me perdí camino de urgencias
y se formó gangrena donde
el espíritu se enquistó en el hueso.
9
Ha cambiado el mar de color;
obviemos lo reciente y recordemos
tan solo que el futuro acaba hoy.
10
Si has encontrado ya los Silmarils
llama a Perceval y dile
que se acerque a tomar unas birrillas.
11
Hojas de roble y flores de eucalipto
se entremezclan en el sendero;
pisas lo vivo y lo muerto: caminas.
12
Soy balsa, ría, mar, torrente, poza,
alternativamente; tú,
arena y limo. No hay porque parar.
13
Libérate y cae otra vez
en la misma ilusoria red;
desmonta el unicornio descornado.
14
Memorizo el nombre de cada playa
donde te diviso y naufrago para
olvidar tus rubias escamas.
15
Pero —sacando y metiendo—, ¿somos
la brisa del anochecer
o el alba que va reclamando el sueño?
16
Pregúntate, Góllum, qué trozo
de ti no es esclavo del orden,
la enseñanza o el adoctrinamiento.
17
Tatuajes en brazos y piernas
y dos mínimos triángulos de licra
en el próximo baile sin disfraces.
18
Vago en la huella del viento y en olas
—agua— sobre la playa aislada
soy flujo y reflujo, y sigo moviéndote.
19
Pregúntate aun qué trozo de ti
es realmente libre de opinar
de las opiniones ajenas.
20
Sumido en la caldosa morbidez,
como al bosque los árboles,
los juncos no te dejan ver el delta.
21
Desasosegaba el orbe buscando
la estrella Polar en el mediodía,
las Pléyades por Adviento.
22
¿Quién libará tu cuerpo? ¿Quién
morderá tu alma? Desiste
y sal a barear con tus amigas.
23
Estamos tan vivos como la lava,
tan fríos como la grava en los ríos,
y no estos líos nos despreocupan.
24
Yerras a veces sotos demasiado
enmarañados para tus cortitos
alcances reales. Desiste.
25
La única forma de no seguir
perdiendo es reconocer
que acaso jamás podamos ganar.
26
Escucha, en el claro del bosque, escucha
la tierna y cadenciosa
balada del cabrón encabronado.
27
¿Más bajita que un guisante
y más larga que un gigante?
Repara en que ya tienes la respuesta.
28
En algún lugar de mi mente siempre
estás tú, como yo en la tuya;
siempre, ya sabes, punzando y mordiendo.
29
Y sé un refrán —sin ser ni valiente ni
cobarde—: más vale penco atollado
que potrillo despeñado.
30
Esto no irá a ninguna parte
ni tampoco tiene más vuelta atrás;
si bien lo ignoramos ella y tú y yo.
31
Quemándonos es como hacemos
que crezca, ardiendo; sin embargo
ya no necesitamos fuego.
32
Esta noche bulle un orco lascivo
en lo más hondo del glaciar;
quizá debieras acercarte más.
33
Y algo —keep rambling, baby— me quedaba,
mientras vagaba, divagaba…
mientras algo me quemaba.
34
Aunque es la esperanza de luz
—entre confusión y turbieza—
lo que aún nos mantiene en las tinieblas.
35
El Góllum es ese niño asustado
en medio del bosque que escruta
su pálida carita en una charca.
36
Previsión a difuso y largo plazo:
este universo humea y no recuerdo
si he dormido algo esta noche.
37
El sol fermenta nuestros cuerpos
sobre la playa tibia;
el mar sigue buscando su color.
38
No quiero volver, por si, casualmente,
me encuentro con la rubia más teñida
de entre todas las morenas.
39
Te he contado las cosas como nunca
fueron, porque parecieran verdad
y pudieras al fin creerme.
40
Acostúmbrate a huir; saluda
a los pájaros —reverentemente—
cada vez que te adentres en el bosque.
And everybody knows that the plague is coming,
Everybody knows that it's moving fast.
L. Cohen
nadie sabe que los dados siguen rodando
más allá de donde ningún dios podría verlos,
nadie sabe que el big bang es un bulo,
nadie sabe que la entropía se ha congelado,
nadie sabe que la singularidad fue amañada
ni que la gravedad cuántica está hueca,
pero eso es lo que hay.
Nadie lo sabe,
nadie sabe que los astrofísicos se autoengañan,
nadie sabe que el universo está colapsando
bajo el peso de la radiación cósmica de fondo,
nadie llora la extinción de los recuerdos,
nadie viene, nadie habla, nadie piensa, nadie anda,
nadie quiere más poemitas glucémicos esta noche
ni corazones en el cristal.
Nadie lo sabe,
nadie sabe que no puedes amarme, zorra,
ni nadie sabe que yo preferiría estar ciego, zorra,
antes que volver a verte con ese patán engreído
que resulta que tanto se parece a mí, aunque
es cierto que a alguien tenías que mostrarle
cómo te sienta tu precioso conjuntito nuevo
de tanga y sujetador,
y eso es lo que hay.
Nadie viene, nadie va,
nadie ha visto ni verá;
nadie ha estado, nadie está,
nadie sabe si sabrá.
Nadie lo sabe,
nadie sabe que ahora es igual a nunca,
nadie sabe que te masturbas en la playa,
nadie sabe que yo vivo para siempre
si logro escribir tres o cuatro líneas de una vez,
nadie sabe que el ecosistema global se ha podrido
mientras la máquina sigue produciendo satisfacción,
por eso eso es lo que hay.
Nadie lo sabe,
nadie sabe que la peste solo ha comenzado
ni nadie sabe lo lejos que ha de llegar,
nadie sabe que el hombre y la mujer libres
son ya tan solo una hermosa imagen del pasado,
nadie sabe que el futuro está muerto,
y no habrá un fulgor en el fuliginoso cielo
que pueda revelar
lo que nadie sabe,
porque nadie sabe de la dimensión del abismo
ni nadie sabe qué nos queda aún por saber,
desde allá los luminosos áticos urbanos
hasta allí las flacas chozas de la sabana…
y nadie sabe cómo todo se está desmoronando…
Dale un último vistazo a esta egregia cima
de la civilización, justo un momento antes
de que comience a implosionar. Porque
nadie tiene, nadie da,
nadie ama ni amará;
nadie quiere, nadie ya,
nadie sabe ni sabrá.
egm.2020
A partir de → Leonard Cohen. Everybody Knows (youtube)
y → Ellington Jordan / Etta James. I'd Rather Go Blind (youtube | Beth & Joe)
y también → Iggy Pop. Tonight (Youtube)
Me buscaste:
te moviste,
te ofreciste:
me encontraste;
luego fluiste:
me enredaste
y te liaste:
no entendiste;
si miraste
no me viste,
si me oíste
no escuchaste:
al despiste
me perdiste.
Por el río oscuro,
sobre el agua gris,
las hojas perdidas
vagan sin un fin
mientras en la orilla
chilla algún gorrión
y entre los zarzales
calla el ruiseñor,
y si no supiera
lo que ya olvidé
quizá aún yo esperara
lo que no ha de ser;
pero los gorriones
gritan sin canción
mientras se acurruca
—mudo— el ruiseñor
y las hojas muertas
fluyen en sinfín,
sobre el agua oscura,
por el río gris.
… Si yo no supiera
lo que ya olvidé.
1
Gritos, ladridos
en la noche encerrada:
vuelan gaviotas.
2
Como ladridos
en la noche emperrada:
gritan gaviotas.
3
Largos ladridos
en la noche enterrada:
perras gaviotas.
Después de consultar
detenidamente a los clásicos,
antiguos y modernos,
orientales y occidentales,
el virus concluyó:
«Multiplícate y vencerás».
Y la filosofía se infectó para siempre.
Ese era yo, arrodillado en la estela
de un dios displicente, con su flamígero
yelmo de cresta roja —el toronjil
me incendiaba—, que se vuelve hacia mí
de lejos, oh crátera, oh vino aguado,
como a un dios, a mí también me complace
quizá una ofrenda bajo los olivos
—intransitados los arduos senderos—,
la joven delgada ninfa en la caja
del supermercado: apenas luciérnagas,
en sus ojos me miro —verde contra
glauco— como en un lacustre espejo
de borrosa y cansada fluorescencia,
sabes que yo no soy del todo un dios
pero creo cosmos y excavo abismos
muy poco profundos, muy evidentes,
sacro, ese dolor podría licuarse
en savia, oh dama de la capucha,
mientras, sigilosa, la juventud
se escabulle —se esquiva— entre los lóbregos
pasillos del laberinto del tiempo,
y en algún lugar existen un niño
y un afable esposo al que quiso tanto
pero del que aún sigue enamorada,
cada vez que nos amamos el grave
dios de la guerra es quien muy gravemente
nos muestra la gravedad del amor,
y llegamos en silencio hasta aquí
como las olas de noche a la playa,
dejando atrás tal vez algún naufragio,
quiero que veas, cada vez que creas
que crees verme, que estás viendo solo
el confuso contorno de mi espectro,
ese era yo: el hombre crea al dios
y por tanto se cree dios él mismo,
mas —laberinto— en el flujo del tiempo
se disuelve, dama de la capucha,
sabes lo que significan mis mansos
ojos mirándote en la fluorescencia
de la tarde a la hora de cerrar:
licuaré tu dolor en sangre y savia,
aunque sea demasiado pedirle
a cualquier intruso que habite bajo
el extraño clima de un cuerpo ajeno,
dejarás tu mercedes blanco al lado
de los olivos, donde siempre hay sitio,
mientras el dios se transmuta en impulso,
y dirás al llegar a casa que
de nuevo tuvisteis que salir tarde
o que en el mar las gaviotas volaban,
también yo alguna vez, cuando sufría
temblores de dolor y huía ciego,
alcé gaviotas sobre un mar ficticio,
sin arrepentimiento ni disculpa,
y le dije a un tipo: por un instante
imagina que esto te pasa a ti,
y él dijo: no, jamás, yo no soy eso,
y le respondí, al tiempo que pagaba:
vendrá la miseria y tendrá tus dientes,
y fui a emborracharme a otro lugar
donde conocí a otra sirena
con ganas de bruñirse las escamas
sin que el dios del océano lo aguase,
y aunque ni siquiera el pulso en las pieles
signifique lo mismo para ambos
—seda tu cuerpo y cañamazo el mío—,
y aunque cuando tú sonrías yo sepa
que mi sonrisa no alcanza esa llama
que desnuda, aniquila y reconforta,
y aunque tus leves labios en los míos
acaricien y abrasen mucho más
que mis cortados labios en los tuyos,
incluso en este espacio limitado
de nuestro cosmos breve, incluso en este
lapso, incluso en estos quince minutos
de vértigo, vacío y nervio, hay
una dulce tibieza en el entorno,
un equilibrio, una complicidad
que podrían sugerirnos —acaso—
que además del universal principio
de la raíz de la vida, además
de la exigencia del alma y la carne,
además del influjo y el reflujo
que en la marea convergen, que acaso
tan perezosa, tan imperceptible,
tan paulatinamente, la ligera
gravedad del amor nos ha atrapado
en sus finos hilos de luz y ansia
—la escintilante elipse donde mora
y juega la araña de los milenios—,
y ese era yo, de rodillas, orando
a nuestra señora de Brassempouy
—toronjil y bikinis, bella dama
de la capucha—, cuando en los olivos
—áridos senderos intransitados—
los ecos se perdían y, de lejos,
el dios se volvió hacia mí, socarrón,
susurrando: nada hay aquí tan grave
como la gravedad terrestre, loco,
y en tenue bruma se desvaneció.
Como derelictos del tiempo,
palabras desvaídas,
tablas de barcos naufragados,
píxeles negros, tinta índigo
—el azul de los desconciertos—,
perdidos pájaros exhaustos,
algas, medusas muertas,
fuel, petróleo, diésel, grasa,
lápiz de nubes desnortadas,
en las noches de niebla
o las mañanas soleadas,
sobre recurrentes mareas,
redes rotas, palos y plásticos
—el agua solo fluye—,
tras meses vagando en el mar
los malaventurados
desechos del deseo siempre
van a enarenarse a tu orilla.
Cabrona
carcoma,
umbrosa
congoja,
gran ola
grimosa,
chupona
gorgona
grumosa,
genoma,
corona
astrosa.